Pensar la estrategia revolucionaria en el Siglo XXI

 

 

Recuperado de: La Izquierda Diario.com

27 de Septiembre del 2026

A continuación presentamos el nuevo prólogo de Emilio Albamonte y Matías Maiello para la edición en inglés del libro Estrategia socialista y arte militar, donde retoman algunos de los debates de estrategia centrales en la actualidad en contrapunto con el reciente número de la revista marxista británica Historical Materialism dedicado al tema.

 Estrategia socialista y arte militar se publicó por primera vez en castellano en 2017, cuando se cumplía el centenario de la Revolución rusa. Desde entonces ha tenido ediciones en francés y en portugués. La ocasión inmediata de estas páginas es la edición completa del libro en inglés, pero también es una oportunidad para retomar los debates allí planteados pasada casi una década e indagar sobre su actualidad. Puede parecer poco tiempo, pero los años que pasaron desde entonces no fueron años cualquiera, modificaron enormemente el escenario mundial.

Por otro lado, la reciente aparición de un número especial dedicado a los debates de estrategia de la revista marxista británica Historical Materialism editado por Josep Maria Antentas y Panagiotis Sotiris nos brinda la posibilidad de hacer aquí un contrapunto sobre varios elementos centrales del debate estratégico [1]. En su artículo “On Strategy: Thinking with the Military”, Antentas señala el divorcio contemporáneo existente entre la discusión estratégica “desde abajo” y el pensamiento militar. Entre las excepciones a ello menciona Estrategia socialista y arte militar. Sin embargo, afirma que “Albamonte y Maiello abordan la interrelación entre estrategia revolucionaria y Clausewitz, no para explorar nuevas propuestas estratégicas sino para reforzar el paradigma de Octubre de 1917” [2]. Tomamos esta objeción como punto de partida porque obliga a poner sobre la mesa un conjunto de problemas actuales y, a su vez, el lugar de la teoría y la historia de las batallas pasadas en el pensamiento estratégico.

Digamos para comenzar que la tesis que se nos atribuye es muy diferente a la que sostenemos. Estrategia socialista y arte militar no presenta a Octubre de 1917 como paradigma ahistórico a repetir. El propio Trotsky dejó al respecto una advertencia que vale la pena reponer. Frente a quienes querían trasladar el ejemplo de Octubre a otros escenarios, decía:

No convendría erigir en ley esta combinación especial de una insurrección tranquila, casi inadvertida, con la defensa de la legalidad soviética contra los kornilovianos. Por el contrario, puede afirmarse con certeza que nunca se repetirá semejante experiencia en ninguna parte bajo la misma forma [3].

Este carácter prácticamente irrepetible de las condiciones que existían en Rusia en 1917 pasaba por la combinación de un régimen burgués que no había llegado a formarse, el armamento generalizado de las masas, así como el desarrollo previo de los propios soviets en la experiencia rusa de 1905. Como dirigente del Ejército Rojo, Trotsky había planteado el carácter más posicional que necesariamente tendría la guerra civil en Occidente, en contraste con la primacía de la maniobra en Rusia debido a su atraso y extensión territorial. No era solo él quien había reparado en estos términos, sino que aquella constatación sería uno de los nodos de debate de los primeros años de la III Internacional, luego desarrollado en los Cuadernos de la cárcel por Antonio Gramsci. En nuestro caso, la apropiación crítica de las elaboraciones de Carl Clausewitz, de Hans Delbrück y de otros teóricos del arte militar la hacemos desde aquel mismo punto de vista, buscando ahondar en las encrucijadas específicas de las revoluciones en “occidente” e indagando sobre cuáles son las particularidades que presentan estos problemas en el siglo XXI para pensar los nuevos fenómenos y escenarios para una estrategia revolucionaria. Pero eso también exige partir de la experiencia del siglo XX, que no pasó en vano. Aquí está, creemos, el verdadero punto de partida de la discusión.

¿Para qué sirve una teoría de la estrategia? Clausewitz formulaba hacia el final de su vida una pregunta similar en relación a la teoría de la guerra. Si a lo largo de la historia las guerras son tan distintas entre sí, con enfrentamientos bélicos que van desde la simple observación armada hasta la “guerra absoluta”, donde las condiciones históricas cambian –y a veces lo hacen radicalmente–, ¿para qué sirve, entonces, una teoría de la guerra que intente englobar fenómenos tan distintos? El general prusiano sabía que la teoría no podía acompañar al general al campo de batalla, ya que no existe un manual de procedimientos para ganar una guerra, como pretendían algunos teóricos de su época. Pero al mismo tiempo, contra quienes sostenían que no podía haber ninguna teoría de la guerra porque en ella actúan las pasiones y el azar, planteaba que era posible extraer de la experiencia pasada generalizaciones valiosas para no tener que pensar todo de nuevo.

Si la guerra es un verdadero “camaleón” como señalaba Clausewitz hay, sin embargo, una serie de elementos constantes, con sus diversas relaciones, que pueden encontrarse en toda guerra. A estos los llamó la extraña trinidad (wunderliche Dreifaltigkeit) [4]. El general prusiano distinguió, debajo de las variadas manifestaciones concretas de la guerra, tres elementos constitutivos que se repiten: “el odio y la enemistad” como ciego impulso de la naturaleza; “el juego de probabilidades y el azar”, que hace necesario el cálculo estratégico; y la política, de la cual la guerra es un instrumento. Cada uno de esos tres elementos era para él “más bien propio” de tres sujetos, respectivamente: el pueblo, el ejército y los generales, y el gobierno [5]. Y agregaba una advertencia metodológica que para nosotros es central:

La teoría que descuidara una de [aquellas tres tendencias] o que las quisiera ligar por arbitrarias relaciones, se pondría instantáneamente en tal oposición con la realidad que tal causa bastaría para anularla. El problema consiste en mantener a la teoría suspendida entre estas tres tendencias como entre focos de atracción [6].

En Estrategia socialista y arte militar establecemos, con todas sus diferencias, un paralelo entre esa trinidad y la relación que existe en el marxismo entre la clase trabajadora, el partido revolucionario y su dirección [7]. Las diferencias son enormes y las desarrollamos allí. La primera es que ni la existencia del partido, ni de una dirección revolucionaria es un dato preestablecido, como puede serlo la existencia de un gobierno en una guerra interestatal. Ambas deben forjarse y abrirse paso en el curso de la lucha de clases y en medio de las fricciones entre diferentes tendencias de la propia clase. A su vez, tan pronto como emerge una dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase y se arriesga a sufrir la presión de las demás clases. Por otro lado, la clase trabajadora –a diferencia del “pueblo” en la formulación clausewitziana clásica– mostró históricamente una capacidad potencial incomparablemente superior al “ciego impulso” espontáneo. La creación de los soviets, es decir, el descubrimiento de una nueva forma política alternativa a la de la política burguesa, es quizá la mejor demostración de ello, así como la recurrente tendencia que se da en cada proceso agudo de la lucha de clases al desarrollo de instituciones propias de autoorganización. Mientras que la sustitución del término “pueblo” por “clase”, lejos de eliminar la cuestión de la relación con las masas no proletarias, es la base para abordar el problema central de la hegemonía y su estrecho vínculo con desarrollo de aquellos organismos de autoorganización como los soviets o consejos.

Dicho esto, la articulación conceptual de ambas “trinidades” es la misma en un punto central, referido a aquello de que la teoría colabora con la estrategia en tanto y en cuanto logra mantenerse suspendida entre sus tres polos de atracción –en nuestro caso, la autoactividad de la clase, el cálculo de las probabilidades, la política revolucionaria– sin disolver ninguno en los otros. En esta “trinidad” –tal como la entendemos, es decir, históricamente– no hay ningún tipo de disciplina mecánica entre la dirección y la clase. Todo partido revolucionario, para ser tal, tiene que ganarse el derecho al liderazgo en la acción junto con la vanguardia y en la experiencia común con la clase.

Podríamos destacar en el último tiempo dos grandes negaciones de esta triple relación. La primera es la aparatista, que en el número de Historical Materialism Sotiris describe como “máquina electoral” –y sindicalista o tradeunionista, agregamos nosotros– y la “autonomización de la dirección respecto de las masas del partido”, una relación “plebiscitaria-representativa” que busca apoyo pasivo y acrítico, un “príncipe moderno extractivo o vampírico” en la fórmula de Antentas, o una concepción “ritualista y mecanicista” de la disciplina política. La segunda es la autonomista, que cuenta con múltiples variantes, que Sotiris caracteriza con razón como una “sustitución de la estrategia por la ontología” –el comunismo como dinámica normativa derivada del antagonismo social, sin análisis de estrategia ni de táctica–, o como una “estrategia antiestratégica” que repudia de conjunto la alianza de clases, la retirada táctica, el frente único y la toma del poder, entre otras derivas similares.

Ahora bien, la relación entre aquellos “tres polos de atracción” es, a nuestro entender, una de las grandes discusiones estratégicas de hoy. El punto de partida es el reconocimiento de que sin autoorganización de masas, sin partido, sin dirección no hay estrategia revolucionaria posible. Pero sobre todo se trata del problema de las relaciones entre ellos. Qué relación hay entre el soviet y el partido, siendo que sin soviets, el partido o bien es impotente o bien sustituye a las masas. De dónde surgen los “soviets” o consejos, entendidos no como instituciones que puedan decretarse sino como organismos de frente único de masas que nacen muchas veces de modestas organizaciones de lucha y que, sin embargo, nunca llegaron a desplegar toda su potencia sin revolucionarios que lucharan conscientemente por desarrollarlos contra sus enemigos. En estas páginas abordaremos algunos elementos en torno a estas preguntas a modo de introducción.

La noción profana de los “soviets” y el problema del frente único

La mayoría de los procesos de lucha de clases abiertos desde 2011 en decenas de países alrededor del mundo –especialmente los del ciclo que inauguró la Primavera Árabe ese año y, posteriormente, los del ciclo que arrancó con los Chalecos Amarillos a fines de 2018– compartieron una característica fundamental: la primacía de la dinámica de la revuelta. Enormes despliegues de energía social e incluso caídas de gobiernos, pero en el marco de la continuidad de los mismos regímenes repudiados por las masas, a lo sumo mediando un recambio del personal político. Salvo excepciones parciales, se dieron bajo formas mayormente atomizadas, “ciudadanas”, sin desarrollar nuevas instituciones de autoorganización capaces de unificar al movimiento de masas. Esa gran energía desplegada terminará disipada o canalizada en los marcos del Estado capitalista, reponiendo una relación circular entre movilización e institucionalización que permite la reproducción de regímenes burgueses en crisis.

En este escenario, leemos una de las propuestas estratégicas que ofrece el número de Historical Materialism, referida a la idea de “frente único integral” que desarrolla Sotiris. Su construcción parte de una analogía, según la cual así como Gramsci definió el Estado integral como el “conjunto completo de actividades prácticas y teóricas” que aseguran la hegemonía de la burguesía, el Príncipe moderno debe entenderse como el conjunto completo de actividades teóricas y prácticas que surgen de las clases subalternas en su lucha por la autonomía y la hegemonía integrales. De ahí que “hoy el Príncipe moderno solo puede adoptar la forma de un frente único integral”. Es un frente, y no un partido, porque “cualquier formación política adecuada solo puede ser el resultado de la convergencia de diferentes organizaciones, corrientes ideológicas y grupos políticos”. Y es integral porque no se limita a un frente electoral o una alianza táctica, sino que es “un frente capaz de producir política, línea de masas, estrategia y discursos hegemónicos”. Del mismo modo que el Estado integral representa la unidad de sociedad política y sociedad civil, el frente único integral representaría “la unidad contradictoria y tendencial de las organizaciones y movimientos políticos” contra la explotación, la opresión y todas sus formas. Construir el partido, así entendido, no es una campaña de reclutamiento sino un “proceso constituyente permanente”, que debe combinarse “con la autonomía de las formas de autoorganización y contrapoder de los subalternos” [8].

Ahora bien, muchas de las características que Sotiris le atribuye al frente único integral ya las tuvo una institución que nadie ideó y que, en muchos casos, las cumplió con éxito. Nos referimos a los “soviets” o consejos. Y no como singularidad rusa. La potencia constituyente de la clase trabajadora y el movimiento de masas, cada vez que irrumpió tendió a darse una forma institucional propia. Organismos de ese tipo se desarrollaron en Rusia en 1905 y 1917, pero también en Alemania con los Räte de 1918, en Italia con los consejos de fábrica de 1919-1920, en la Revolución húngara de 1956 con los consejos de obreros y campesinos, en la Revolución portuguesa de 1974 con los comités de empresa, de moradores y de soldados, en la Revolución iraní de 1979 con los shoras, en Chile con los Cordones Industriales de 1972-1973, entre otros. Ninguno fue el producto de un diseño previo ni la aplicación de un modelo preestablecido, sino que surgieron ligados a las necesidades de la lucha, en países con tradiciones políticas y culturales muy diferentes.

En su forma más desarrollada, los consejos tendieron a estructurarse sobre delegados elegidos y revocables en el entramado que hace a la producción y la reproducción de la sociedad –las fábricas, las empresas, los campos, las escuelas, las universidades, los barrios–, lo que les dio la posibilidad de articular reivindicaciones y formas de lucha muy diversas en un poder alternativo. Una de sus grandes virtudes, que los hace irremplazables para una estrategia revolucionaria, es su estructura flexible y elástica que permite que todas las modificaciones no solo sociales, sino también políticas que se producen en la posición relativa de las clases, puedan encontrar inmediatamente su expresión en ellos [9]. Por eso pueden expresar el poder constituyente de las mayorías en los momentos en que este irrumpe, cosa que los mecanismos jurídicos y parlamentarios son incapaces de hacer. Ninguna coalición de organizaciones, ningún frente electoral y ningún gobierno de izquierda puede sustituir esto.

Los soviets o consejos no son una entidad mítica como muchas veces se los suele presentar, son, antes que nada, organismos de frente único de masas. Son el producto de la unificación de la clase trabajadora y sus aliados en la lucha contra el capital y su Estado. En tanto tales, reúnen a todos los grupos movilizados, no están ligados a ningún programa a priori y se renuevan constantemente con el movimiento. En los casos en que adquieren mayor vitalidad todas las tendencias políticas del pueblo trabajador tienen la posibilidad de disputar su dirección sobre la base de la más amplia democracia. Durante buena parte del siglo XX, este tipo de organismos “soviéticos” tuvieron como enemigos a las principales corrientes del movimiento obrero, desde la socialdemocracia al stalinismo, y a las estrategias militaristas que los sustituyeron por partidos organizados en forma de ejército popular.

Al restablecer una noción profana de “soviet” como organismo de frente único de masas podemos trazar un camino estratégico en la pelea por poner en pie este tipo de organismos. En primer lugar, no hay modo de constituir instituciones de masas como los consejos, sin resolver prácticamente el problema del frente único. De ahí que dediquemos dos capítulos del presente libro a su debate, desde sus orígenes en la iniciativa de los trabajadores comunistas de Stuttgart y su generalización por la III Internacional hasta los desarrollos posteriores de Antonio Gramsci y León Trotsky. Se trata de una batalla estratégica a través de la táctica de unificar las filas de la clase trabajadora por encima de las divisiones sociales, políticas y organizativas que impone la burocracia, para enfrentar al enemigo de clase y, al mismo tiempo, desplegar una lucha abierta por un programa y una estrategia revolucionarios al interior de esa unidad para hacer una experiencia común con los trabajadores que todavía confían en las direcciones conciliadoras; “golpear juntos, marchar separados” según la fórmula de la III Internacional.

Un ejemplo histórico: el caso griego 2010-2015

Uno de los casos recientes donde el problema del frente único se planteó con toda su agudeza fue en el profundo proceso de lucha de clases en Grecia que arrancó en 2010, en el marco del cual llegó al gobierno Syriza en 2015. Este es el escenario de muchas de las reflexiones que plantea Sotiris en su artículo en Historical Materialism y también en el prólogo original a la edición castellana de este libro –que forma parte del presente volumen–.

Sotiris sostiene que Syriza “carecía tanto del horizonte estratégico necesario como de un pensamiento acabado sobre las cuestiones del poder político y la práctica gubernamental, al tiempo que subestimaba la capacidad del marco institucional –y la violencia social– de la Eurozona para bloquear cualquier camino de ese tipo”, y describe el referéndum del 5 de julio de 2015 como “el momento óptimo para la ruptura” [10]. Es legítimo preguntarse, como hace él, qué habría pasado si Syriza respetaba ese resultado, donde el “no” a la Troika superó el 60 % de los votos. Nosotros partíamos en su momento de la misma pregunta y veíamos allí una gran oportunidad perdida, para la cual podría haber cumplido un papel fundamental la táctica de gobierno obrero [11].

Ahora bien, para entender el proceso de conjunto nos interesa sobre todo detenernos en toda la lucha de clases previa al ascenso de Syriza al gobierno. El frente único fue uno de los grandes ausentes del ciclo que va de 2010 a 2012, atravesado por decenas de huelgas generales, movilizaciones de masas y enfrentamientos con la policía. Las direcciones sindicales fueron sus enemigas principales, tanto los sectores mayoritarios de la burocracia, con su política de subordinación al Pasok y a otros partidos patronales, como en el otro extremo, con una combinación de sectarismo y oportunismo, la central obrera orientada por el Partido Comunista griego (PAME), que se negó explícitamente a la unidad en la acción. A pesar de las más de treinta huelgas generales, cada uno a su manera fue enemigo de que se materializara el frente único necesario para derrotar los planes de austeridad. A la izquierda de Syriza, Antarsya –un frente heterogéneo que reunía organizaciones de matriz althusseriana y provenientes de rupturas del Partido Comunista (KKE), maoístas, trotskistas y ecologistas radicales– careció de fuerza material y de influencia significativa en los momentos decisivos como para presentar una alternativa.

El ascenso electoral de Syriza entre 2012 y 2015 es, desde un punto de vista, el correlato político de la progresiva impotencia a la que llegó la lucha, dividida y desgastada por las burocracias sindicales y políticas en decenas y decenas de acciones discontinuas y dispersas. Stathis Kouvelakis lo señalaba en su momento: “Los 32 días de huelgas generales, los cientos de miles de personas tomando las calles, no han parado una sola medida de los ‘memorandos’ de austeridad”; aunque sin problematizar suficientemente este aspecto al señalar a renglón seguido que “Syriza capturó la imaginación de las personas, proporcionando una traducción política que faltaba hasta el momento” [12].

Sotiris sostiene que, aunque Syriza fracasó en 2015, no se debe abandonar la hipótesis de “gobierno de izquierda”, ya que en Europa “es muy difícil imaginar una secuencia distinta” de la que va de una crisis política profunda a una “rebelión electoral” de las clases subalternas y de ahí a un “gobierno de izquierda” surgido de las elecciones [13]. Sin embargo, para imaginar una secuencia distinta –o incluso para imaginar esa misma secuencia pero donde hubiera alguna organización capaz de capitalizar la capitulación de Syriza– es necesario partir de la estrategia de desgaste en la que fue sumido todo el movimiento previo al despegue electoral de Syriza. Es decir, problematizar la ausencia, no de modelos ideales de frente único, sino de la unidad de masas para la lucha de clases que estuvo ausente en todo el proceso de 2010 y 2012 producto de la acción de las burocracias sin que hubiera una fuerza de similar magnitud pero en el sentido contrario capaz de imponerla. Esta es una conclusión que va mucho más allá del caso griego, se trata de un problema que atravesó la mayoría de los procesos del último tiempo.

Para afrontar esta cuestión no alcanza con un pensamiento sobre el poder político en general, se necesita uno que parta del poder constituyente de la clase trabajadora y de la estrategia en términos de lo que el historiador militar Lawrence Freedman define como el “arte de crear poder” [14]. Desde este punto de vista, una de las preguntas centrales que dejó planteada el proceso griego –entre otros que atravesaron la última década y media– fue ¿cómo imponer el frente único en las condiciones existentes con clases trabajadoras fragmentadas, con burocracias sindicales y sociales conspirando en contra y con organizaciones revolucionarias relativamente débiles?

Los “comités de acción” como vía de desbloqueo estratégico

Uno de los grandes déficits de Estrategia socialista y arte militar es que carece de una respuesta con cierto valor operativo para aquella pregunta. No fue sino hasta varios años después de publicada su primera edición y, en parte, gracias a la participación en el laboratorio político de la lucha de clases internacional como parte de la actual Corriente Revolución Permanente – Cuarta Internacional (CRP-CI), que rescatamos un elemento clave en lo que podríamos definir como una teoría sobre las vías de constitución de la clase trabajadora como sujeto en un escenario “saturado” de aparatos burocráticos, propio de las estructuras socio-políticas occidentales [15]. Nos referimos a la noción de “comités de acción” que Trotsky desarrolló en sus escritos sobre Francia a mediados de la década de 1930.

El punto de partida es el mismo problema que Gramsci abordó con la noción de Estado en su “significación integral”. Si la “ampliación” del Estado fue la respuesta de la burguesía a la emergencia del movimiento obrero a principios del siglo XX, y si uno de sus mecanismos fundamentales es la estatización de las organizaciones de masas –sindicatos, movimientos sociales, democráticos, etc.– y la expansión de burocracias en su interior –con su doble función de integración al Estado y de fragmentación del movimiento de masas–, entonces el problema de la constitución de la clase trabajadora como sujeto no se resuelve simplemente declarando la necesidad de constituir un frente único.

La pregunta que Trotsky pone en el centro, frente a la fortaleza relativa de la burocracia sindical y los aparatos reformistas –en Francia de aquel entonces el PCF y la SFIO– y la debilidad de los revolucionarios, es cómo quebrar la resistencia de los aparatos burocráticos para desplegar la potencia de la clase trabajadora como sujeto hegemónico. Su respuesta es a través de la articulación de la vanguardia, de los sectores avanzados y en lucha a partir de la generación de instituciones de unificación y coordinación. Frente a las huelgas, las manifestaciones, las escaramuzas callejeras o los alzamientos directos, inevitables en toda situación que se va agudizando desde el punto de vista de la lucha de clases, la tarea de los revolucionarios consiste “en unificarlos y darles una fuerza mayor”, sin dejar pasar una sola ocasión de organizar en instituciones propias a quienes salen a pelear.

A estos comités de acción los define de la siguiente manera: “No se trata de una representación democrática de todas las masas, sino de una representación revolucionaria de las masas en lucha. El comité de acción es el instrumento de la lucha” [16]. Agrega que no se los convoca por estatuto, ni para un día y una hora fijados de antemano, los trabajadores solo pueden elegirlos cuando participan ellos mismos de una acción y comprueban la necesidad de contar con una dirección. Y no reemplazan a los partidos, sino que en relación con ellos “pueden considerarse parlamentos revolucionarios”, donde la participación de los partidos no está excluida sino que es necesaria, pero son “controlados en la acción” en los propios comités. Su virtud es que surgen de las necesidades de cada proceso y no de un diseño ideal.

Tampoco son soviets, y Trotsky se ocupó de aclararlo. Su tarea en aquel momento era “unificar la lucha defensiva de las masas trabajadoras en Francia y también dar a esas masas la conciencia de su propia fuerza para la ofensiva futura” [17]. En ciertas condiciones, agregaba, los comités de acción “pueden convertirse en soviets”, pero eso dependería tanto de la acción de la vanguardia como de la evolución de las condiciones objetivas. Contra toda mistificación, recordaba además que los propios soviets rusos en sus primeros pasos “no eran en absoluto lo que llegaron a ser después, e incluso en esa época con frecuencia llevaban el modesto nombre de comités obreros o comités de huelga” [18]. Podríamos considerar a los “comités de acción”, en ese sentido preciso, como el eslabón entre la dispersión de los conflictos y el frente único, y entre el frente único y la pelea por organismos de tipo soviético.

Y son, además, la respuesta a la desproporción entre las fuerzas revolucionarias disponibles y las tareas planteadas frente a procesos de radicalización. En la situación francesa de aquel entonces, Trotsky consideraba que no había tiempo para crear un partido lo bastante potente como para superar a todas las otras organizaciones antes de los conflictos decisivos, pero era completamente posible en un breve plazo “ganar a las amplias masas no para nuestro programa, no para la Cuarta Internacional sino para esos comités de acción”, que una vez creados devendrían “un trampolín magnífico para un partido revolucionario” [19]. Se trata de una vía operativa que asume la lucha por el frente único cuando las direcciones lo bloquean, que es la regla y no la excepción.

Toda esta articulación marca una mecánica muy diferente a la que sugiere la idea de frente único integral propuesta por Sotiris para afrontar un conjunto de problemas estratégicos. Por un lado, la idea de comités de acción muestra una forma diferente a la expansión de un aparato para pensar el desarrollo de un partido revolucionario, donde el punto central está en la fusión con los sectores más avanzados de la vanguardia. Y no de cualquier modo, sino participando en común en la acción y de la creación de la orientación del movimiento a partir del debate entre las diferentes tendencias políticas que actúan a la izquierda de la burocracia. Por otro lado, evita confundirse con la estrategia de los llamados “partidos amplios anticapitalistas” [20] divididos en tendencias permanentes en su interior donde, lejos del debate amplio y democrático, cada tendencia plantea su orientación sin que tenga implicancias para el resto. Un esquema donde la actividad común se reduce al mínimo –en general, campañas electorales y congresos donde cada tendencia recoge apoyos para su plataforma–, mientras que los referentes públicos, parlamentarios o sindicales definen con su acción la política de toda la organización. Lo principal es que, ante los momentos de decisión, estas organizaciones son incapaces de decidir. Esto no es contradictorio con el parlamentarismo o el sindicalismo en los marcos del régimen, pero sí lo es respecto de la lucha de clases; y cuanto más aguda, más todavía. Fue el caso del NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) del cual, la mayoría de su dirección terminó integrándose al Nuevo Frente Popular de Jean-Luc Mélenchon con el Partido Socialista; también fue el caso de la coalición Antarsya en Grecia que se quebró en el mismo momento en el que Syriza claudicaba, con un sector que se sumó al proyecto fallido de Unidad Popular que proponía, en los hechos, una suerte de retorno al Syriza de los orígenes.

Frente a todo este conjunto de problemas, el comité de acción tiene la virtud, parafraseando a Clausewitz, de que se “mantiene suspendido” entre los diferentes polos de atracción. No es un partido y no es todavía un soviet. Tampoco es un frente único en sentido estricto, tal como lo formulara la III Internacional. Es decir, no sustituye la pelea por la unificación de las organizaciones de masas de la clase trabajadora para “golpear juntos” contra los capitalistas, sino que se plantea como una plataforma que articula fuerzas –esencialmente en los sectores de vanguardia o en lucha pero dispersos– para quebrar la resistencia de los aparatos burocráticos respecto al frente único. Por otro lado, plantea la posibilidad de que los revolucionarios puedan disputar abiertamente con otras tendencias que actúan sobre la vanguardia para plantear una orientación al movimiento. En síntesis, mantiene en relación aquellos tres polos de la trinidad sin fundirlos: la actividad de las masas que salen a pelear y encuentran en él una organización; el cálculo estratégico sobre articulación de fuerzas para pelear por el frente único; y la política revolucionaria, que se juega en su interior una lucha abierta por la dirección, “controlada en la acción” por la propia vanguardia.

El “Estado integral”: los sindicatos y los movimientos convertidos en campo de batalla

La problemática que engloba toda esta serie de peleas estratégicas parte de una determinada aproximación conceptual a la cuestión del Estado que el lector encontrará desarrollada a lo largo de los diferentes capítulos de este libro. Pero vale la pena reponer algunos elementos aquí como parte de nuestro contrapunto.

Sotiris desarrolla la materialidad del Estado retomando las elaboraciones de Nicos Poulantzas. El Estado como “una condensación material, es decir, una relación de fuerzas materializada, solidificada e institucionalizada, manifiesta en el carácter de clase de sus aparatos, prácticas, discursos y saberes” [21]. También destaca su carácter “relacional”, que distingue de maleable, y de ahí extrae una conclusión que busca evitar el gradualismo, señalando que “cualquier estrategia de ‘gobernanza de izquierda’ solo puede pensarse hoy como una estrategia institucionalmente violenta, una estrategia de rupturas con el marco institucional existente” [22]. Y agrega que, como el Estado “representa un exceso de fuerza por parte del bloque social dominante”, hace falta “un exceso inverso de fuerza por parte de las clases subalternas”, que consiste en movilización, politización, preparación programática, autoorganización y autodefensa [23].

Ahora bien, si el Estado capitalista, y no el gobierno ni siquiera el régimen, fuera la condensación de la relación de fuerzas, no sería necesaria una revolución –en el sentido de la destrucción del aparato estatal burgués y su reemplazo por otro poder– para que la clase trabajadora llegue al poder, siempre y cuando conquiste una relación de fuerzas suficientemente favorable. A lo sumo se podrá plantear, como hace Poulantzas, la necesidad de “un proceso de rupturas efectivas” en el propio “terreno estratégico del Estado” [24], pero no más que eso. No por casualidad, el propio Poulantzas descarta explícitamente la “rotura o destrucción” del aparato de Estado [25]. De allí que en la concepción del Estado –en su sentido amplio– como el “terreno de un campo estratégico”, tienda a desaparecer la necesidad del pasaje a la ofensiva estratégica del proletariado y, con ella, lógicamente, también la insurrección. La acumulación de fuerzas es concebida en los marcos del propio Estado, en vez de ser forjada para el combate.

Frente a esta aproximación, en Estrategia socialista y arte militar formulamos una tesis alternativa que nos permitimos reponer aquí. No es el Estado el que se convirtió en campo de batalla, sino que, desde finales del siglo XIX y, sobre todo, comienzos del siglo XX:

ante el desafío de la organización obrera que “ocupa” un mayor territorio político-social, la burguesía a través de su Estado ha salido a combatir “afuera”, más allá del teatro de operaciones “público”, para pelear en el interior de las propias organizaciones del proletariado (y de otros “movimientos”), contando con la burocracia como su avanzada en esta lucha. Es decir, son las organizaciones del movimiento obrero las que han devenido campos de batalla [26].

Esto no implica que las burocracias de las organizaciones de masas estén compuestas por funcionarios estatales directos, aunque desde luego esto puede suceder. Gramsci planteaba que basta una “identificación orgánica entre individuos (de un determinado grupo) y Estado […] en cuanto que ‘actuando espontáneamente’ su actividad se identifica con los fines del Estado” [27]. Esto abre todo un degradé de burocracias, más o menos venales, más o menos “espontáneas”, que ofician cada una a su manera de avanzada del Estado en las organizaciones del movimiento de masas. Fabio Frosini, retomando a Gramsci, señala que no se trata de una sociedad organizada “como un hecho sociológico”, sino de “la sedimentación de una estrategia política que él llama revolución pasiva, consistente en ‘ocupar’ el espacio político anteriormente dejado desprotegido por el liberalismo” [28].

En las organizaciones de las clases subalternas, la “identidad-distinción entre sociedad civil y sociedad política” de la que habla Gramsci se expresa en que, en tanto están dirigidas por la burocracia, aquellas organizaciones sirven sobre todo a los fines del Estado, pero en tanto representan “elementos de democracia obrera” conquistados por el proletariado en la sociedad burguesa, pueden ser recuperadas para fines revolucionarios. Los sindicatos de nuestra época pueden servir como herramientas del capitalismo imperialista –o de la subordinación a éste en los países oprimidos– para disciplinar a los trabajadores e impedir la revolución o convertirse en herramientas del movimiento revolucionario. Trotsky extraía de esto, como conclusión, que “la neutralidad de los sindicatos es total e irreversiblemente cosa del pasado” [29]. Lo que la “ampliación” del Estado suprime no es la posibilidad de recuperarlos, sino la posibilidad de que se mantengan neutrales.

En aproximaciones como la que desarrolla Sotiris, el exceso de fuerza estatal se contrarresta con un exceso inverso constituido fuera del Estado. Para nosotros ese exceso inverso no puede constituirse sin derrotar a la mediación que opera dentro de las organizaciones del movimiento de masas. Y aquí cabe aclarar que no se trata solo de los sindicatos, sino también de los movimientos sociales, democráticos y de diversos tipos que están sometidos a un proceso similar. La burocracia sindical o de los movimientos como mediación no aparece como categoría operante en la arquitectura conceptual que nos propone Sotiris. La burocracia sólo parece asociada a una de sus expresiones posibles, que es la burocracia partidaria. Si bien problematiza la falta de vínculos orgánicos de fuerzas políticas como Syriza, hay una laguna en cuanto a la disputa estratégica por la orientación de las organizaciones del movimiento de masas. Esta omisión, vale aclarar, lejos está de ser una atribución exclusiva de nuestro autor ni mucho menos.

En Estrategia socialista y arte militar abordamos este problema en polémica con Peter Thomas y su lectura de la idea de “aparatos hegemónicos de clase”, que formula retomando elementos de la obra de Gramsci. Con este concepto refiere a la amplia serie de instituciones de clase –entendidas en un sentido amplio, que van desde los periódicos, pasando por todo tipo de organizaciones hasta los propios partidos políticos– por medio de las cuales “la clase y sus aliados comprometen a sus oponentes en la lucha por el poder político” [30]. Para Thomas, su desarrollo estaría llamado a “privar de su base social” a la burguesía y, por esa vía, a “neutralizar” el aparato estatal capitalista. A nuestro modo de ver, hay una buena dosis de unilateralidad en esta aproximación, en tanto es el Estado capitalista, el que valiéndose de la burocracia, neutraliza las organizaciones obreras para estatizarlas. Entonces, aquellos “aparatos hegemónicos” no son en sí mismos “condensación material de la relación de fuerzas”, sino que tienen un valor relativo, incluso en la defensiva. Según estén en manos del propio movimiento obrero o de la burocracia pueden ser medios de los que se valga el proletariado para enfrentar a la burguesía o, al contrario, medios de los que se valgan la burguesía y su Estado para controlar al movimiento obrero.

Aquí se juega una pelea de fondo donde la lucha contra la burocracia no es un problema reservado al día después de la toma del poder, ni un asunto exclusivo del momento de la ofensiva, sino un combate constante y cotidiano, inseparable de la constitución misma de la clase trabajadora en sujeto hegemónico. Es en ese terreno —el de la disputa estratégica por la orientación de los sindicatos y los movimientos, mediante la táctica de frente único y el desarrollo de corrientes revolucionarias en el seno de aquellas organizaciones— donde puede forjarse aquel “exceso inverso de fuerza” que marca Sotiris. De otro modo, la acumulación de fuerzas se sigue concibiendo dentro del cerco que establece el “Estado integral”. Desde este punto de vista, la falta de vínculos orgánicos que Sotiris señala con razón en Syriza, Podemos y formaciones políticas semejantes es el reverso necesario de su propia adaptación al Estado ampliado. Este neorreformismo, podríamos decir, es la forma política que mejor se acomoda a los límites de la actual estructura sociopolítica de dominación, y por eso se mantiene casi exclusivamente en el ámbito de la “sociedad política” mientras la acción “ampliada” del Estado, con la burocracia como avanzada, se despliega en el terreno de la “sociedad civil”.

El partido como multiplicador estratégico

Si las organizaciones del movimiento de masas son ese terreno donde se dirime en buena parte la relación de fuerzas, la pregunta que sigue es cuál es la fuerza capaz de librar allí el combate. Aquí opera de lleno la primera diferencia que señalábamos respecto de la trinidad clausewitziana. En una guerra interestatal el gobierno es un dato de la situación, mientras que el partido y la dirección revolucionarias deben forjarse en el curso de la lucha de clases y las fricciones entre las tendencias que actúan dentro de la propia clase, sin surgir por eso como simple reflejo de ella ni como producto de la lucha espontánea.

Sotiris tiene razón cuando señala que “la idea de ‘construir el partido’ mediante la expansión de una sola tendencia no supera ninguna prueba de exigencia política” [31], y que el reclutamiento concebido como “iniciación a una secta” no produce más que aparatos. Pero de ahí extrae una conclusión que desplaza el problema en lugar de resolverlo. Si el Príncipe moderno sólo puede adoptar hoy la forma de un frente único integral –la convergencia de organizaciones, corrientes ideológicas y grupos políticos ya existentes–, la pregunta por el origen se resuelve con una sumatoria de organizaciones preexistentes que deja sin responder qué fuerza política, con qué cohesión y con qué programa y estrategia es la más adecuada para la pelea por la constitución de la clase trabajadora como sujeto hegemónico.

En Estrategia socialista y arte militar abordamos este debate en contrapunto con las tesis de Lars Lih en su libro Lenin Rediscovered. “What Is to Be Done?” In Context [32]. Su tesis —la “falta de originalidad” de Lenin respecto de Kautsky— sostiene que Lenin no desarrolla ninguna concepción de “nuevo tipo de partido”, sino que traduce a condiciones nacionales distintas el modelo de la socialdemocracia alemana. De ahí que, según él, los términos “partido de nuevo tipo” y “partido de vanguardia” resulten útiles “solo si se aplican tanto al Partido Socialdemócrata de Alemania como a los bolcheviques”. Para fundamentar esta tesis rastrea continuidades en las formulaciones de uno que reaparecen en el otro y, a partir de ciertas formulaciones comunes, deduce que la concepción de partido sería la misma. Es ahí donde la operación falla. Uno y otro compartían, en efecto, la fórmula de la “fusión entre el socialismo y el movimiento obrero” como objetivo estratégico, algo que Lih señala con razón, pero la concepción de partido se define, justamente, por las vías que traza para alcanzar este objetivo y es allí donde ambas divergen hasta volverse antagónicas. En este punto se torna decisiva la respuesta frente al surgimiento de una burocracia obrera en el seno de las propias organizaciones de masas como fenómeno novedoso central del siglo XX.

La novedad de Lenin no hay que buscarla esencialmente en un esquema organizativo sino en el lugar que le asignó a ese combate. Con el desarrollo de la burocracia, cualquier identificación estratégica a priori entre partido y clase se volvía arbitraria, se ubicaba –como diría Clausewitz– instantáneamente en oposición con la realidad. Kautsky y Rosa Luxemburgo, desde ángulos casi opuestos, sostuvieron una distinción borrosa entre clase, partido y dirección. La pregunta es ¿cómo evitar que la clase obrera quede como “masa de maniobra” de un aparato sindical y electoral (Kautsky) sin caer en la espera, por más activa que sea, del ascenso de la lucha de clases capaz de modificar toda la ecuación (Luxemburgo)? La generalización a “occidente” de la respuesta de Lenin, antes de ser teórica, fue una práctica, y consistía en crear una fuerza material que operase en sentido inverso al de la burocracia.

Hay tres rasgos centrales que le permiten generalizar su concepción a Lenin más allá de las particularidades rusas. En primer lugar, que su objetivo no pasa por lograr una adhesión formal de las conducciones de las organizaciones de masas al partido, sino por el desarrollo de corrientes revolucionarias al interior de las mismas, articuladas en círculos concéntricos con organizaciones obreras cada vez más amplias hasta comprender a los sectores no organizados que siguen al partido “por lo menos en las grandes manifestaciones de la lucha de clases” [33]. Es decir, se trata de un partido definido por su relación con organizaciones de masas que no controla y dentro de las que debe pelear. En segundo lugar, que existe cierta continuidad entre su combate al liquidacionismo ruso –la negativa a combatir las condiciones impuestas por la policía zarista– y, en los regímenes democrático-burgueses “occidentales”, el combate a la burocracia obrera, en tanto cumple, para retomar la formulación de Gramsci, funciones de “policía política, de carácter investigativo y preventivo” dentro de las organizaciones del movimiento de masas “para tutelar el dominio político y económico de las clases dirigentes” [34]. En tercer lugar tenemos la centralidad que le da Lenin al combate. Contra el esquema que reserva la organización y la educación para los tiempos “de paz” y la lucha física para los revolucionarios, Lenin concibe los enfrentamientos parciales como “escuelas de guerra” y la educación política como formación de “tribunos del pueblo”, capaces de generalizar cada hecho de opresión en “un cuadro único de la brutalidad policial y de la explotación capitalista” [35]. Aquella separación sobrevive hoy bajo formas menos teorizadas al dividir lo sindical de lo político, o la lucha para los años no electorales y la política para los años electorales.

En este punto el problema del partido se anuda con el de la autoorganización. Lo que distingue a un partido revolucionario de un aparato de izquierda en general es que su construcción está estrechamente ligada a aquella máxima de Marx según la cual, la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. Su tarea no consiste en “representar” a la clase, sino en pelear porque se organice y se constituya en sujeto hegemónico. De ahí que prefiramos pensar el partido bajo la noción de multiplicador estratégico. El término proviene de la teoría militar. Su génesis está en el concepto de “multiplicador de fuerzas” que designa a cualquier factor que aumenta significativamente la efectividad de una unidad, al punto de permitirle obtener logros mayores a los previsibles [36]. Aquel multiplicador es estratégico –y no meramente táctico u operacional– cuando ayuda a transformar el éxito militar temporal en una posición política y militar sostenible en el tiempo [37]. Tanto el partido revolucionario como los organismos de autoorganización pueden ser abordados estratégicamente desde este ángulo. El partido, que concentra a los sectores avanzados con un programa y una estrategia revolucionarios y les permite influir de manera determinante sobre procesos de millones, y los organismos de autoorganización, que expanden la lucha y la unifican frente al Estado. Por eso ambos se ubican en el mismo nivel teórico como mecanismos por los cuales la fuerza dispersa de la clase se centraliza democráticamente y se expande al mismo tiempo.

Ahora bien, de los tres “polos de atracción”, el tercero, la dirección, al igual que el partido tampoco es un dato preestablecido. Para situarlo conviene partir de aquella fórmula de la “fusión entre el socialismo y el movimiento obrero” que mencionábamos antes y que sintetiza uno de los problemas nodales de la teoría política marxista. De los diferentes abordajes que recibió se desprendieron históricamente las grandes tendencias del marxismo. Buena parte del siglo XX estuvo marcada, como señalara Perry Anderson, por la escisión entre la teoría socialista y la práctica de la clase obrera [38]. La burocratización de la URSS y la consolidación del stalinismo fueron elementos determinantes en ello. En nuevos términos históricos, esa ligazón sigue siendo el gran problema del marxismo. El partido no es un aparato exógeno al movimiento real, que suma militantes y recursos, sino la forma que adopta aquella fusión en cada etapa. Se constituye incorporando a sectores de las vanguardias que van produciendo los fenómenos políticos y los procesos de la lucha de clases, a partir de aquello que ningún movimiento es capaz de generar espontáneamente como son las bases teóricas, estratégicas y programáticas que trazan hilos de continuidad entre los grandes enfrentamientos históricos de la lucha de clases. El significado de las mismas está constantemente en reelaboración y es parte de una disputa que trasciende la teoría hasta la lucha de tendencias políticas dentro de la clase trabajadora, la cual tiene su prueba final en la materialidad de lucha de clases misma.

El polo de la “dirección” de un partido revolucionario también es el resultado de unificar aquellas dos series de elementos y sólo si esa unificación prospera deja de ser un órgano administrativo de la propia organización para volverse, ella misma, un multiplicador estratégico. La convergencia de corrientes y organizaciones que plantea Sotiris no es, en este sentido, ajena a nuestra concepción, pero una fusión no es una coalición, y a diferencia de esta última, no se mide por la suma de aparatos que reúne sino por la fuerza material y moral que produce.

Si volvemos ahora sobre la fórmula de clase, partido y dirección se comprende por qué ni la dirección, ni el partido son su vértice sino diferentes focos de atracción, y por qué una concepción del partido solo resulta fecunda mientras logra “mantenerse suspendida” entre los tres. El partido, tal como lo entendemos, existe en esa tensión. Es decir, se construye peleando por instituciones de masas que no controla, se dirige a una clase de la que no es el reflejo sociológico ni político y nutre su dirección fusionándose con los elementos nuevos que produce cada proceso real de la lucha de clases.

El problema del poder: institucionalización y revolución

A partir del recorrido que acabamos de hacer, llegamos ahora a la cuestión que anuda todas las anteriores: el problema del poder. Todo lo que venimos desarrollando converge en ese punto, desde la disputa estratégica por la orientación de los sindicatos y los movimientos convertidos en campo de batalla por el Estado ampliado, pasando por la táctica del frente único y los comités de acción como vía para imponerlo contra la resistencia de las burocracias sindicales, sociales y políticas, hasta la pelea por organismos de masas del tipo de los consejos. Cada uno de esos problemas expresa el terreno de una amplia guerra de posiciones solapada por bruscos pasajes a la guerra de maniobras. Se trata de la constitución de una institucionalidad alternativa capaz de expresar el poder constituyente del pueblo trabajador y trascender los límites del derecho de propiedad capitalista. Los consejos no son un modelo de Estado a aplicar ni una forma institucional decretada desde un gabinete, sino la forma que adoptó, en distintas latitudes y bajo diversas tradiciones, la capacidad de las mayorías trabajadoras de decidir sobre el carácter de clase del orden social.

Este problema ocupa un primer plano para pensar la revolución en el siglo XXI y es también el punto donde nuestras diferencias con el planteo de Sotiris se vuelven más nítidas. A partir de la derrota griega de 2010-2015 según Sotiris se esbozaron centralmente dos respuestas desde las corrientes de izquierda: “Esto […] llevó a las distintas corrientes a no ver el potencial, con una visión nublada por los límites de su orientación histórica: las más reformistas volvieron a la idea de ‘gobernanza progresista’, las más revolucionarias a la imposibilidad, al menos por el momento, de ‘repetir Octubre’” [39]. Tomando distancia de ambas, Sotiris se acerca, sin embargo, a una tercera respuesta, de larga data en las discusiones de estrategia, que pasa por la combinación entre formas de poder alternativo autoorganizado “desde abajo” y el Estado capitalista. La formulación que ensaya es la siguiente:

la cuestión es cómo movilizar de forma permanente esta participación colectiva y politización masiva. Una cosa es contar con este tipo de movilización y participación colectiva en momentos de crisis y en medio de una sensación de abandono, y otra muy distinta es mantenerla cuando las cosas parecen volver a la normalidad. Al mismo tiempo, a menos que algunos de los logros derivados del ejercicio de estas formas de contrapoder desde abajo, o poder dual, se transformen en acuerdos institucionales reales, sancionados por el poder del Estado, se vuelven precarios. Esta institucionalidad antagónica desde abajo también apunta a formas de concebir los movimientos de manera estratégica [40].

Desde luego, la lucha por instituciones de autoorganización del movimiento de masas no adquiere las mismas formas en momentos de radicalización de la lucha de clases que en momentos de reflujo. Y para abordar este problema es clave la relación entre estas instituciones y el partido revolucionario, no como aparato, sino como relación fluida para la organización de los sectores más avanzados del movimiento.

La respuesta que ensaya Sotiris de que las conquistas del contrapoder desde abajo deben transformarse en “acuerdos institucionales reales, sancionados por el poder del Estado” para no volverse precarias no es nueva. Es, en esencia, un abordaje similar al que en 1919 propuso Rudolf Hilferding cuando planteó inscribir a los consejos obreros surgidos de la revolución alemana en la Constitución de Weimar [41]. Los consejos quedaron así sancionados por el poder del Estado capitalista, y precisamente por eso, convertidos en apéndices del gobierno. Trotsky definió aquella propuesta como la intención de “‘combinar’ un tercer tipo de Estado mediante el casamiento de la dictadura proletaria con la dictadura de la burguesía bajo el signo de la Constitución”. En su aproximación estratégica “las organizaciones de clase de los obreros y campesinos pobres, llámense soviets o comités, siempre constituyen organizaciones de lucha contra el Estado burgués, luego se convierten en órganos de la insurrección y, finalmente, después del triunfo, se transforman en organizaciones de la dictadura proletaria” [42]. Como analizamos en este libro, se trata de un problema nodal de la estrategia. Los organismos de autoorganización son, en tanto se desarrollan, medios de una lucha que es defensiva pero que prepara el pasaje a la ofensiva. Si en el momento decisivo esa transición falla, se transforman en su contrario. La sanción estatal no es un punto de apoyo neutral que consolida lo conquistado, sino el mecanismo mediante el cual aquellas organizaciones de autoorganización pierden su carácter constituyente.

El doble poder no es un régimen que pueda estabilizarse, sino una expresión aguda de crisis estatal. Aun cuando la revolución en Occidente tenga que enfrentarse a un Estado burgués enteramente formado –a diferencia de lo que fue en la Revolución rusa– y cuente con mecanismos de democracia capitalista arraigados, esto no quiere decir que vaya a confrontar con un aparato estatal o un régimen democrático-burgués estable, al contrario. La misma posibilidad de acontecimientos revolucionarios presupone una disgregación bastante avanzada del Estado capitalista en su conjunto [43]. A su vez, los soviets o consejos no son un hecho constitucional, sino revolucionario, no presuponen ningún equilibrio formal de fuerzas. La integración de los organismos de autoorganización al Estado es una forma específica que adopta la resolución del “doble poder” a favor de la burguesía cuando no media una derrota militar abierta.

En el caso de Poulantzas –principal referencia de Sotiris para pensar la materialidad del Estado–, el problema está planteado desde el ángulo de cómo evitar que se llegue a una situación de doble poder. Su “vía democrática al socialismo” se proponía articular la transformación de la democracia representativa con el despliegue de la democracia directa de base, y el interrogante que él mismo se formulaba era cómo regular los conflictos, “hasta cierto punto inevitables”, entre ambas “sin encaminarse, lenta pero seguramente, hacia una situación, efectiva o larvada, de doble poder”. Porque una situación de ese tipo, decía, “incluso entre dos poderes de izquierdas, no se parece en nada a un juego de poderes y de contrapoderes que se equilibran mutuamente para mayor bien del socialismo y de la democracia”, sino que “conduce rápidamente a una oposición abierta entre los dos, con riesgo de eliminación de uno en favor del otro” [44]. Coherente con ello, su estrategia pasaba por evitar que los organismos de democracia de base se centralizaran en un poder alternativo. Por ello sostenía que “estas luchas y movimientos no pueden, a fin de contribuir a modificar las relaciones de poder, tender a una centralización en un segundo poder, lugar que se supone absolutamente exterior al Estado, sino a la modificación de las relaciones de fuerzas en el mismo terreno del Estado” [45].

Aquí es donde convergen, por caminos distintos, el planteo de Poulantzas y el de Sotiris. Uno busca evitar que los organismos de autoorganización se centralicen en un poder alternativo, mientras que el otro apunta a que sus conquistas se consoliden mediante la sanción del Estado. En ambos casos lo que queda excluido es aquello que define la potencialidad estratégica inscripta en las situaciones de doble poder, a saber: la tendencia de esos organismos a unificarse en un poder alternativo capaz de derrotar al Estado capitalista. Ahora bien, nuestra crítica no parte de la idea de repetir Octubre, como ya señalábamos al comienzo, ni de responder a un problema del siglo XXI con una fórmula de 1917. Hay una experiencia posterior que ratificó esta aproximación estratégica de manera todavía más concluyente. Nos referimos a la Revolución portuguesa.

Portugal 1974-1975: el poder constituyente “desde abajo” y sus enemigos

La Revolución portuguesa presenta, condensado en diecinueve meses, buena parte del repertorio de formas de doble poder que el siglo XX había producido. Tras el 25 de abril de 1974, la explosión social fue de tal magnitud que, como señala Raquel Varela, los historiadores no han podido determinar a ciencia cierta cuántas movilizaciones tuvieron lugar en la primera semana en los lugares de trabajo y los barrios. De ahí en más, el proceso se estructuró en torno a toda una serie de instituciones. Los comités de empresa –según algunas estimaciones, hasta cuatro mil a escala nacional– nacieron al calor de las asambleas y de la lucha contra los despidos, y se convirtieron en la estructura organizativa central de la clase trabajadora portuguesa, con una penetración en las empresas incomparablemente mayor que la de los sindicatos. Los comités de moradores funcionaron como auténticos órganos locales de decisión, actuando como poder paralelo a los gobiernos municipales, y las ocupaciones de viviendas que impulsaron provocaron una caída histórica del valor de la tierra urbana. En el sur del país se ocuparon cientos de miles de hectáreas. Y con la crisis del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), los comités de soldados –los SUV (Soldados Unidos Vencerão) entre ellos, que se proponía la elección de comisiones “elegidas y revocables en todo momento”– llevaron la dualidad de poderes al último bastión del poder estatal [46].

Sobre este punto, Varela adopta como criterio central para definir el proceso revolucionario la existencia de una dualidad de poderes, es decir, “la presencia de un poder alternativo orgánico o inorgánico, embrionario u organizado, o incluso coordinado/organizado a escala nacional” [47]. Lo que se discute en el caso portugués, señala, es el alcance de ese poder, “y no si existía o no. La gran cuestión es hasta dónde llegó y qué formas adoptó, que forma tomó este poder paralelo al Estado, es decir, hasta qué punto el Estado fue incapaz de imponer su poder” [48]. Y su conclusión sobre el desenlace es que:

De septiembre de 1975 a noviembre de 1975 se produce la crisis revolucionaria […], el periodo histórico de las revoluciones en el que o se produce un desplazamiento del Estado bajo la égida de los trabajadores o en el que un golpe de Estado pone fin a la revolución; estos periodos se ven marcados por la negativa de la burguesía a aceptar la expropiación y a que desencadene el inicio de una guerra civil. Durante este periodo, el Estado se ve incapaz de gobernar y la dualidad de poderes se generaliza a todos los niveles y todas las medidas estatales se ven imposibilitadas por huelgas, manifestaciones y ocupaciones […]. El PS [Partido Socialista], junto con toda la derecha y el Grupo de los Nueve [49], está decidido a poner fin al proceso mediante un golpe de Estado. El PCP [Partido Comunista Portugués] confía en la movilización para garantizar la reforma agraria y (posiblemente) la independencia de Angola bajo la égida del MPLA [Movimiento Popular de Liberación de Angola]. La izquierda militar, apoyada en una situación de dualidad generalizada de poder dentro de los cuarteles, reflejará la movilización general de la sociedad, pero ni la izquierda militar tiene un proyecto político coherente ni los organismos de poder obrero y popular están centralizados a nivel nacional en lo que sería un “soviet” capaz de resistir el golpe [50].

Aquí está, a nuestro entender, uno de los nudos de toda la experiencia, el cual remite directamente a los problemas que venimos desarrollando. Porque la ausencia de centralización no fue un dato de la naturaleza ni una carencia espontánea del movimiento. Hubo tendencias persistentes a la articulación de estructuras embrionarias de coordinación nacional de los órganos de poder obrero y popular como los Consejos Revolucionarios de Trabajadores, Soldados y Marineros (CRTSM), el Comité de Lucha de Setúbal, la Coordinadora de los Comités Metalúrgicos, los Comités de Empresa del Cinturón Industrial de Lisboa, la Coordinadora de los Comités Obreros. En la primera conferencia de los CRTSM de abril de 1975, uno de los temas fue la necesidad de crear una coordinadora nacional de los comités obreros. En la Intercomisiones del Cinturón Industrial de Lisboa se inició en septiembre de ese mismo año, la discusión sobre si debía haber una coordinadora nacional de comisiones. Sin embargo, estas tendencias tuvieron enemigos decididos.

El Partido Comunista Portugués, como documenta Varela, invirtió un enorme esfuerzo en la construcción de una central sindical única, la Intersindical, que concebía explícitamente como contrapeso de los comités de empresa. Promovió comisiones de delegados sindicales para competir con ellas en los lugares de trabajo –delegados que en muchos casos no habían sido elegidos por los trabajadores, o directamente no trabajaban en la fábrica–, acusó a las comisiones de “ultraizquierdistas”, de “hacerle el juego a la derecha”, y subordinó la consigna de control obrero a la “batalla por la producción”, es decir, a la contención de las demandas que consideraba “irrealistas”. El Congreso sindical de julio de 1975 prohibió el derecho de tendencia, lo que volvía prácticamente imposible disputar la orientación desde dentro, y ató a los sindicatos a la política gubernamental. Todo esto era inseparable de la política de alianzas del PCP, orientada a participar de un gobierno frentepopulista de unidad nacional con sectores de la burguesía portuguesa [51].

Es decir, no hubo una sola tendencia sino dos tendencias contrapuestas y la relación entre ellas fue definitoria para el proceso de conjunto. Por un lado, la tendencia de los comités a la emergencia de un poder constituyente capaz de derrotar al Estado burgués. Por otro lado, la tendencia a la regimentación de las organizaciones del movimiento de masas y a su fragmentación, cuya expresión política concentrada fue el frente popular que articuló al Partido Socialista, al Partido Comunista y al MFA. Lo que impidió la centralización de los organismos de autoorganización no fue la inmadurez de las masas portuguesas –que multiplicaron las instituciones propias en cada terreno, incluido el ejército– sino la acción de los aparatos burocráticos dentro del movimiento como avanzada del Estado. La ausencia de algo similar a una articulación de tipo “soviética” nacional fue, en gran medida, el resultado de una guerra librada en el interior de las organizaciones de la clase y perdida allí.

En “Perspectives sur le double pouvoir dans la révolution au Portugal, de Nicos Poulantzas à Raquel Varela”, Sotiris formula el problema de otro modo. Reconoce, con razón, que la fortaleza del enfoque de Varela reside en desplazar el foco de las decisiones políticas de los actores hacia las dinámicas sociales vistas desde abajo y afirma contra Poulantzas –que devaluaba la existencia de doble poder en la Revolución portuguesa– la realidad de esas formas. Pero esto lo hace a partir de una reformulación del concepto de doble poder separada de los problemas estratégicos centrales. Este pasa a designar “diversas formas de recuperación del poder social, control sobre aspectos de la producción y reproducción social, así como la experimentación con nuevas configuraciones sociales y políticas que indican una orientación poscapitalista”. No representa “el ‘hecho consumado’ de una nueva hegemonía y un nuevo poder político, sino más bien una condición indispensable, tanto en el sentido de un laboratorio para nuevas formas de politización e intelectualidad […] como de la creación de un equilibrio de poder radicalmente diferente”. De ahí que su conclusión metodológica es que “las cuestiones estratégicas cruciales no deben pensarse simplemente en términos ‘militares’, como la preparación para una confrontación, sino también como una forma de liberar el potencial experimental, prefigurativo y autoeducativo” [52].

Los organismos de autoorganización son, efectivamente, escuelas donde las masas descubren su propia capacidad, y esa dimensión formativa es inseparable de su valor estratégico. Pero cuando el doble poder se redefine como condición prefigurativa de largo aliento y no como disputa de soberanía entre clases, lo que se desdibuja es precisamente aquello que decidió el desenlace portugués. Porque la pregunta que dejó abierta Portugal no es si hubo laboratorios de nuevas formas de politización –los hubo, y masivamente–, sino por qué esos laboratorios no lograron centralizarse en un poder capaz de imponerse. Y esa pregunta no se responde en el terreno de lo prefigurativo, sino en el de la lucha contra las mediaciones que combatieron contra esa perspectiva.

En las conclusiones de su libro, Raquel Varela señala que, si bien el régimen democrático representativo portugués no es una prolongación del Estado Novo interrumpido por la revolución, tampoco es una prolongación de la revolución, sino que es la prolongación de su interrupción brusca, de su derrota. “Así pues –señala–, conceptualmente es más exacto considerar que la democracia directa es hija de la revolución y la democracia representativa de la contrarrevolución” [53]. Portugal fue la primera gran prueba de lo que en el capítulo 9 del presente libro, señalamos en términos de “contrarrevolución democrática”, a saber: una política mediante la cual la burguesía europea y el imperialismo norteamericano, que habían sostenido la dictadura portuguesa durante décadas, expropiaron las aspiraciones democráticas de las masas y utilizaron esas banderas para ahogar el proceso revolucionario y la autoorganización. En ausencia de un partido revolucionario fuerte, como advertía Trotsky, “la combinación de seudorreformas, frases de izquierda, gestos todavía más de izquierda y medidas de represión puede rendir a la burguesía un servicio mucho más eficaz que el fascismo” [54].

Podríamos decir que la institucionalización de las conquistas del contrapoder “sancionadas por el poder del Estado” no fue la garantía contra su precariedad, sino parte de la operación que llevó a la liquidación de la última gran revolución de Europa occidental hasta la fecha. La Constitución portuguesa de 1976 sancionó efectivamente algunas conquistas –incluidas las comisiones de trabajadores– al precio de disminuirlas a artículo constitucional. En este marco se irá consolidando con los años la contrarrevolución neoliberal. El problema estratégico no consiste en estabilizar la dualidad de poderes, sino en resolver el problema que Portugal dejó planteado y que es, a otro nivel, similar al que estratégicamente quedó pendiente en los principales procesos de la lucha de clases de la última década y media: cómo desarrollar y articular, contra la resistencia de los aparatos, las instituciones dispersas que la lucha genera, hasta constituir un poder capaz de derrotar al Estado capitalista.

Lo militar es cada vez menos una metáfora

Esta forma de pensar el problema del doble poder se conecta con otro de los grandes temas que abordamos en Estrategia socialista y arte militar, que es el pasaje a la ofensiva insurreccional y los problemas de la guerra civil. Las cuestiones político-militares son una de las grandes ausentes en el número especial sobre estrategia de Historical Materialism más allá de menciones puntuales.

Los problemas político-militares y los enfrentamientos físicos no se circunscriben, ni mucho menos, a los escenarios de ofensiva insurreccional para la toma del poder, sino que acompañan, con diferentes niveles de intensidad, el desarrollo de la lucha de clases. De ahí que sea inútil oponer la lucha política a la lucha física “pues es imposible detener voluntariamente la lucha política cuando, por la fuerza de las necesidades internas, se transforma en lucha física” [55]. El desarrollo de la autodefensa depende de la escala de la lucha y del nivel de enfrentamiento, y va desde los piquetes de huelga en un conflicto particular hasta las milicias obreras cuando los choques se generalizan. El hecho es que cuanto más fuerte sea la lucha, más fuerte será el contraataque del capital.

Se trata de un problema central y cada vez más actual si tenemos en cuenta los intentos bonapartistas que se han vuelto moneda corriente al calor de la crisis de los regímenes democrático-burgueses –en el marco de los cuales se da, por ejemplo, el desarrollo de instituciones como el ICE en EE.UU. que emplea unidades tácticas de características paramilitares–; así como también la existencia de bandas fascistas que, aunque su desarrollo no ha pasado de un estadio inicial, es un fenómeno que podemos observar en diversos países –en su momento, por ejemplo, algo de eso vimos en Grecia con Aurora Dorada en pleno ciclo de huelgas generales contra la Troika [56], o en el mapa que va desde las bandas neonazis alemanas hasta las milicias de ultraderecha estadounidenses del estilo de los Proud Boys o Patriot Prayer–.

Históricamente, cuando la lucha de clases se agudiza y los mecanismos normales de represión legal no alcanzan, la apelación a bandas armadas paraestatales o privadas para golpear a la vanguardia y cortar sus lazos con el movimiento de masas ha sido una constante [57]. Frente a ello, Trotsky en el Programa de Transición planteaba que si las bandas de la burocracia sindical y los matones privados son las células fundamentales del ejército del fascismo, los piquetes de huelga son las células fundamentales del ejército del proletariado, y frente a la agudización de los enfrentamientos señalaba a la milicia obrera “como única garantía seria de la inviolabilidad de las organizaciones, las reuniones y la prensa obrera” [58]. Se trata, en definitiva, de la violencia defensiva de las masas contra la violencia ofensiva de los explotadores. Pero, como toda defensa digna de ese nombre, no es pura resistencia, sino que el desarrollo de la autodefensa va construyendo la fuerza material –y moral– para enfrentamientos más decisivos.

Esto también hace al corazón del problema de los soviets o consejos. Trotsky, retomando a Lenin, señalaba que los soviets del período de febrero de 1917 “ejercían solo un semipoder” [59]. Esa condición no se explicaba sólo porque estuvieran dirigidos por los conciliadores, sino también porque se trataba de soviets desarmados. Como desarrollamos en el capítulo 2 del presente libro, mientras la Guardia Roja –la milicia que respondía a los comités de fábrica– se encontraba prácticamente desarmada y perseguida, el Gobierno Provisional controlaba la milicia ciudadana y, a través de mencheviques y socialrevolucionarios, a los sectores del ejército que se habían pasado a la revolución. Solo cuando, frente al intento de golpe de Kornilov, las Guardias Rojas se arman bajo la legalidad soviética y el Comité Militar Revolucionario pasa a disputar el mando de la guarnición, los soviets se transforman en un verdadero poder y pueden resolver la situación de doble poder a su favor [60].

De hecho, en el capítulo 3, analizamos el lugar central que le daba la Tercera Internacional a este problema en relación a la táctica de gobierno obrero, señalando en la “Resolución sobre la táctica” de su IV Congreso que “el programa más elemental de un gobierno obrero debe consistir en armar al proletariado, en desarmar las organizaciones burguesas contrarrevolucionarias”, entre otros aspectos. Y agregaba que el mismo “no es posible si no nace de la lucha misma de las masas, si no se apoya sobre los órganos obreros aptos para el combate” [61]. Esto distinguía a un gobierno obrero revolucionario de todas aquellas variantes de lo que hoy suele llamarse “gobiernos de izquierda”. En este sentido, los problemas militares, lejos de ser una metáfora, atraviesan la defensa, el doble poder y la cuestión del gobierno antes incluso de la insurrección.

Dicho esto, llegamos a otra de las grandes ausencias del número especial sobre estrategia de Historical Materialism, quizá aún más llamativa que la anterior. Nos referimos al problema de la guerra, así como a la relación entre guerra y revolución. En los últimos años la cuestión de la guerra, desde Ucrania en 2022 hasta Irán en la actualidad, es uno de los grandes determinantes de toda la situación mundial y punto de partida obligado para cualquier pensamiento estratégico en el siglo XXI.

El artículo de Josep Antentas se acerca a estos temas. Allí distingue tres aspectos en el estudio marxista del pensamiento militar –el análisis de la guerra y su relación con el capitalismo; los problemas político-militares de la revolución; y el préstamo de conceptos y metáforas para la estrategia política cotidiana– y declara que “este artículo se limitará a este tercer nivel” [62]. Es una elección legítima, pero la consecuencia es que todo lo que en la tradición marxista fue una relación real entre política y guerra queda acotado al problema parcial de las analogías.

Contra la reducción a lecturas puramente metafóricas, este libro argumenta largamente. La distinción decisiva no corre entre quienes usan metáforas militares y quienes no, sino entre dos enfoques que podríamos ejemplificar con Kautsky y Lenin. Para el primero, la estrategia militar fue sobre todo una fuente de metáforas, y su apropiación del historiador militar Hans Delbrück estuvo al servicio de combatir las críticas de Rosa Luxemburgo. Con la Primera Guerra Mundial aquello se volvió insostenible. La apropiación crítica que hace Lenin de la fórmula de Clausewitz –de la guerra como continuación de la política por otros medios– en sus cuadernos de 1915 es de otro orden, ya no será una simple metáfora para la política sino la herramienta para establecer la relación precisa, en la nueva época, entre revolución –guerra civil– y guerra interestatal. En la famosa Tetradka, que el propio Carl Schmitt –un pensador reaccionario pero serio– definió como “uno de los documentos más extraordinarios de la historia universal y espiritual” [63], Lenin parte de la fórmula de Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero esa fórmula obliga a responder una pregunta previa: ¿qué es la política? Para el liberalismo, la política es administración del Estado. Para Lenin, siguiendo a Marx, la política es la expresión concentrada de la lucha entre las clases por el poder del Estado. Cuando Lenin lee a Clausewitz, le cambia el contenido a la fórmula, y de ahí se reafirman dos grandes conclusiones. La primera, que una revolución no es simplemente un estallido espontáneo, sino la continuación de la lucha política cuando la crisis del Estado lleva el enfrentamiento a un nivel decisivo. La segunda, que ni el partido ni la insurrección pueden guiarse por criterios puramente militares, sino que la fuerza sólo tiene sentido si responde a objetivos políticos definidos por la lucha de clases. Lo que Lenin hace no es tomar prestado un vocabulario, es sostener que guerra y revolución pertenecen a una misma serie. Por eso el problema del ejército –cuestiones como la política hacia los soldados, las milicias obreras, entre otras– no es en este libro un apéndice militarista sino una consecuencia necesaria de la reflexión estratégica.

En este sentido, es sintomático que en todo un número dedicado a pensar la estrategia hoy no se integre la guerra de Ucrania ni a Gaza y que el pueblo palestino aparezca, al pasar, en una enumeración de solidaridades. No es un reproche de agenda, sino un problema estratégico. Se trata de una de las cuestiones que más cambió desde 2017 –cuando publicamos por primera vez este libro– hasta hoy. En aquel entonces el retorno de la guerra interestatal entre potencias era un pronóstico que se desprendía del análisis de la decadencia de la hegemonía norteamericana, pero hoy es el factor que determina el conjunto de la situación mundial. Ucrania implicó el retorno de la guerra interestatal con involucramiento de potencias en ambos bandos –con EE.UU. y la OTAN actuando por procuración– y marcó el inicio del cuestionamiento abierto –incluso militar– del orden mundial surgido de la “restauración burguesa” [64]. Desmintió la idea, muy extendida desde los años 90, de un “agotamiento de la guerra interestatal” y su sustitución definitiva por “guerras dentro de la población”. Todavía en 2005 el general británico Rupert Smith afirmaba que “la guerra como batalla en un campo entre hombres y maquinaria, la guerra como un evento decisivo masivo en una disputa en asuntos internacionales: tal guerra ya no existe”, y ubicaba la última batalla real de tanques en 1973 [65]. Ucrania volvió a poner en primer plano precisamente ese tipo de guerra. El genocidio del Estado de Israel sobre Gaza desestabilizó todo Medio Oriente. La guerra comercial y las tensiones militares entre EE.UU. y China son otro capítulo del mismo proceso. La guerra en Irán y la derrota estratégica de EE.UU. allí marca un cambio copernicano en la situación mundial, el cual tiene puntos de contacto con lo que fue en su momento Vietnam. Trump está liquidando el “soft power” estadounidense y eso reactiva sentimientos antiimperialistas. Las tendencias profundas de la época imperialista de guerras, crisis y revoluciones, como la llamó Lenin, reaparecen en los primeros planos.

Pero además, la relación entre guerra y revolución no es un tema entre otros, sino un hilo que atraviesa toda la historia de las revoluciones. La mayoría de las grandes revoluciones vinieron ligadas a guerras. La Comuna de París surgió de la guerra franco-prusiana; la Revolución rusa de 1905, de la derrota del zarismo en la guerra ruso-japonesa; las revoluciones rusa de 1917 y la alemana de 1918, de la Primera Guerra Mundial; la Revolución china, al igual que la yugoslava y la vietnamita, de la Segunda Guerra Mundial; la revolución portuguesa de 1974 se abrió a partir de las guerras coloniales. La guerra lleva al extremo las contradicciones de la sociedad de clases, disloca los aparatos estatales y somete a prueba a todas las direcciones políticas. Por eso una de las grandes contradicciones que enfrentan las potencias imperialistas para ir a la guerra en gran escala –e incluso para implementar medidas como volver al reclutamiento masivo– es cómo capitalizarla políticamente sin abrir la caja de Pandora de la revolución. Hasta hoy, lo que ha limitado la utilización de las fuerzas destructivas del capital ha sido la política, no la diplomacia sino la imposibilidad de vencer en una guerra de ese tipo sin desatar una revolución y arriesgarse a perder el poder [66]. De ahí que la consigna de Lenin de transformar la guerra imperialista en revolución no fuera una exhortación abstracta, sino la conclusión de pensar la relación entre la guerra y la revolución.

Discutir estrategia revolucionaria hoy sin que la guerra entre en escena no es una opción. Lo militar es cada vez menos una metáfora para lo político, al tiempo que la guerra actúa cada vez más como ultima ratio de los alineamientos políticos. No se trata de militarizar la política, contra lo cual Gramsci advertía con razón. Se trata de que, cuando las tendencias a que las potencias vuelvan a dirimir el reparto del mundo por las armas se acrecientan, la relación entre política y guerra deja de ser fuente de analogías para volver a ser un problema central de la estrategia.

La gran estrategia y el internacionalismo

Si la relación entre política y guerra vuelve a ser un problema central de la estrategia, con ella también el internacionalismo. En su discusión sobre el concepto de “gran estrategia”, Josep Antentas escribe que nosotros usamos el término, en referencia al debate de la Guerra Fría, “como sinónimo de una ‘estrategia global’ a escala internacional para la lucha de clases, entendida sobre la base de la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Sin embargo, no indican los beneficios de usar el término ‘gran estrategia’ en vez de simplemente ‘estrategia’ para pensar la estrategia revolucionaria, más allá de un ajuste terminológico” [67].

Los indicamos y conviene reponerlos porque en ellos está condensado el argumento de conjunto. Si la estrategia revolucionaria liga los combates aislados con el objetivo político de la toma del poder del proletariado, la “gran estrategia” –que nosotros tomamos en términos de la teoría-programa de la revolución permanente– liga globalmente el comienzo de la revolución a escala nacional con su desarrollo internacional y su coronamiento mundial, así como la conquista del poder con las transformaciones en la economía, la ciencia y las costumbres, con el objetivo de una sociedad de “productores libres y asociados”, el comunismo. Mientras que la “gran estrategia” en tanto sinónimo de “estrategia de seguridad nacional” tiene por sujeto a un Estado imperialista, la nuestra parte de un sujeto de clase e internacional, y el marco dentro del cual se computan los “resultados finales” deja de ser la política internacional en general para pasar a ser la lucha de clases mundial. No es una escala superior de la misma estrategia nacional, sino un cambio de sujeto, de marco y de objetivo político. Que eso sea o no una buena razón para adoptar el término es discutible pero que sea solo un ajuste terminológico como sugiere Antentas, nos parece que no.

Clausewitz señalaba que: “Si la guerra pertenece a la política, adquirirá, naturalmente, su carácter. Si la política es grande y poderosa, igualmente lo será la guerra” [68]. Las fuerzas que pueden desatarse dependen de la magnitud de los objetivos que plantea la política. Una “pequeña política”, la que al decir de Gramsci se dedica a “las cuestiones parciales y cotidianas que se plantean en el interior de una estructura ya establecida”, solo moviliza pequeñas fuerzas, sobre todo en lo que hace a la fuerza moral; una “gran política”, la que “comprende las cuestiones vinculadas con la fundación de nuevos Estados”, puede movilizar fuerzas enormes [69].

Entendida como gran estrategia, la teoría programa de la revolución permanente afirma que la lucha de clases, y no el interés nacional, es el principio ordenador que integra los múltiples niveles –económico, social, militar, incluso moral– y dentro del cual la política predomina. A diferencia de los Estados nacionales, que por principio llevan al terreno internacional la lucha por imponer su raison d’État a través de la guerra, la clase obrera posee intereses comunes que pueden dar lugar a una política que supere las fronteras nacionales. Aquella es la única gran estrategia conocida que se propone hacer desaparecer la diferencia entre países oprimidos y países imperialistas, y con ella los intereses nacionales contrapuestos, el Estado-nación y la guerra misma.

De ahí que el antiimperialismo no sea para nosotros solo un capítulo del programa sino un componente de la gran estrategia. Como desarrollamos en el libro, en la periferia la revolución comienza como revolución democrática –con tareas como la liberación de la opresión imperialista y la cuestión de la tierra– llevando al poder a la clase obrera y transcrece en revolución socialista, volviéndose un eslabón de la revolución mundial. En los países imperialistas adquiere desde el inicio un carácter socialista, pero la llegada del proletariado al poder tiene amplias consecuencias democráticas sobre las naciones oprimidas, porque puede liberarlas de un solo golpe del yugo imperial. Salvando las distancias, la articulación de la revolución entre Oriente y Occidente constituye una especie de “cuestión meridional” a escala global. La Revolución portuguesa es quizás uno de los ejemplos más concretos en el siglo XX de la revolución permanente en cuanto a esta relación entre los pueblos oprimidos y la revolución en las metrópolis, donde la relación entre centro y periferia deja de ser una relación entre dos escenarios para volverse uno.

En su reseña de Estrategia socialista y arte militar, Sotiris señala que el libro tiende a presentar a Trotsky “de forma casi hagiográfica, en el sentido de sugerir la corrección de todas sus posiciones” [70]. Sería ridículo pensar que Trotsky haya acertado en todo –se equivocó, y no pocas veces, como cualquier revolucionario que actúa en la primera línea de la lucha de clases durante cuatro décadas–, así como leer sus textos como si fueran escrituras sagradas. Lo que Sotiris lee como hagiografía es, en realidad, el reconocimiento de que Trotsky, más allá de sus errores, sentó las bases de una crítica a fondo del estalinismo que ningún otro marxista llegó a hacer. El siglo XX no pasó en vano y, por eso, partir de aquí nos parece fundamental para la reflexión estratégica hoy. La crítica radical de Trotsky al stalinismo se proyecta también sobre la trayectoria del eurocomunismo, que rompió con Moscú pero conservó intacto ese núcleo estratégico de colaboración de clases, revolución por etapas y vía nacional. Críticas que vieron en el estalinismo solo autoritarismo y pudieron romper con la URSS sin romper con aquella estrategia. Incluso críticas más de izquierda como la de Poulantzas, al carecer de un punto de partida radical como el que puede brindar la obra de Trotsky, fallaron en articular un camino estratégico verdaderamente alternativo.

Cuando Historical Materialism vuelve a poner la palabra “estrategia” en el centro hace algo necesario, el debate estratégico es la condición de cualquier recomposición del proyecto socialista revolucionario. La pregunta que queda planteada es si esa palabra va a designar la reflexión sobre la revolución en el siglo XXI. Octubre no se repite. Esa fue la premisa desde la que escribimos este libro y sigue siéndolo. Pero su núcleo estratégico sigue siendo un punto de partida indispensable. Reconstruir ese núcleo para las condiciones del siglo XXI es la tarea. De eso trata, y a eso pretende contribuir, este libro.

 

NOTAS AL PIE

[1] Nos referimos a Historical Materialism 33.4 (2025), “Special Issue on Strategy”, editado por Josep Maria Antentas y Panagiotis Sotiris. Todas las traducciones del inglés son nuestras, salvo indicación en contrario.

[2] Antentas, Josep Maria, “On Strategy: Thinking with the Military”, Historical Materialism, vol. 33, n.º 4, 2025, p. 130, n. 6.

[3] Trotsky, León, “Lecciones de Octubre”, La Teoría de la Revolución Permanente, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2000, p. 238.

[4] Cfr. Waldman, Thomas, War, Clausewitz, and the Trinity, London, Routledge, 2016..

[5] Cfr. Clausewitz, Carl von, De la guerra, Tomo I, Buenos Aires, Círculo Militar, 1968, p. 54.

[6] Ídem.

[7] Para ello partimos de los desarrollos de León Trotsky en “Clase, partido y dirección: ¿por qué fue derrotado el proletariado español?” (La victoria era posible. Escritos sobre la revolución española [1930-1940], Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2014).

[8] Sotiris, Panagiotis, “Revolutionary Strategy Revisited: Strategic Hypotheses and Open Questions”, Historical Materialism, Vol. 33.4, Leiden, Brill, 2025, p. 55.

[9] Cfr. Trotsky, León, Terrorismo y comunismo, Madrid, Fundación Federico Engels, 2005.

[10] Sotiris, Panagiotis, ob. cit., p. 34.

[11] Ver: prólogo a la edición en castellano y capítulo IV de la presente edición.

[12] Kouvelakis, Stathis, transcripción de su exposición en la conferencia del SWP “Syriza and socialist strategy”, Londres, 25/02/2015.

[13] Sotiris, Panagiotis, ob. cit., p. 34.

[14] Freedman, Lawrence, Strategy. A History, New York, Oxford University Press, 2013, p. xii.

[15] Cfr. Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “Trotsky, Gramsci y la emergencia de la clase trabajadora como sujeto hegemónico”, Ideas de Izquierda, 7/3/2021.

[16] Trotsky, León, ¿Adónde va Francia?/Diario del exilio, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2013, p. 134.

[17] Ibídem, pp. 135-136.

[18] Ibídem, p. 135.

[19] Carta de Trotsky a Jean Rous, 13 de noviembre de 1935.

[20] Cfr. Cinatti, Claudia, “¿Qué partido para qué estrategia?”, Estrategia Internacional N.° 24, diciembre 2007-enero 2008.

[21] Sotiris, Panagiotis, ob. cit., p. 49.

[22] Ibídem, p. 38.

[23] Ibídem, p. 49.

[24] Poulantzas, Nicos, Estado, poder y socialismo, México, Siglo XXI, p. 317

[25] Ibídem, p. 320.

[26] Véase capítulo 9 del presente libro.

[27] Gramsci, Antonio, “Nociones enciclopédicas y temas de cultura. La iniciativa individual” (Q8, §142), Cuadernos de la cárcel, Tomo 3, México, Era, 1984, p. 289.

[28] Frosini, Fabio, La religione dell’uomo moderno. Politica e verità nei Quaderni del carcere di Antonio Gramsci, Roma, Carocci, 2010, p. 307.

[29] Trotsky, León, “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista”, Los sindicatos y las tareas de los revolucionarios, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2010, p. 128.

[30] Thomas, Peter, The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Leiden, Brill, 2009, p. 226.

[31] Sotiris, Panagiotis, ob. cit., p. 55.

[32] Lih, Lars, Lenin Rediscovered. “What Is to Be Done?” In Context, Chicago, Haymarket Books, 2008.

[33] Lenin, V. I., “Un paso adelante, dos atrás”, Obras completas, Tomo VII, Madrid, Akal, 1976, p. 294.

[34] Gramsci, Antonio, “El cesarismo” (Q13, §27), Cuadernos de la cárcel, Tomo 5, México, Ediciones Era, 1999, p. 66.

[35] Lenin, V. I., “¿Qué hacer?”, Obras selectas, Tomo 1, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2013, p. 126.

[36] Cfr. Freedman, Lawrence, ob. cit.

[37] Cfr. Metzel, Matthew N.; Laddick, Jay y otros, “Winning before the War: A Case for Consolidation of Gains”, Military Review, noviembre-diciembre 2023.

[38] Cfr. Anderson, Perry, Consideraciones sobre el marxismo occidental, México, Siglo XXI, 1998.

[39] Sotiris, Panagiotis, ob. cit., p. 59.

[40] Ibídem, p. 51.

[41] El artículo 165 de aquella Constitución dio rango constitucional a los Consejos obreros de empresa, de distrito y del Imperio, y les confirió “facultades de control y de administración en las materias que les son propias”.

[42] Trotsky, León, “Problemas de la Revolución italiana”, Escritos de León Trotsky 1929-1940 [CD], Libro 1, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2000.

[43] Cfr. Trotsky, León, “Lecciones de Octubre”, La Teoría de la Revolución Permanente, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2000, p. 240.

[44] Poulantzas, Nicos, ob. cit., p.325.

[45] Ibídem, p. 319.

[46] Varela, Raquel, Historia popular de la Revolución de los Claveles, Barcelona, Verso, 2024.

[47] Ibídem, p. 496.

[48] Ibídem, p. 261.

[49] Sector de oficiales encabezado por Ernesto Melo Antunes dentro del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), aliado al Partido Socialista y a la Iglesia.

[50] Ibídem, p. 504.

[51] Véase: Ibídem, p. 218.

[52] Sotiris, Panagiotis, “Perspectives sur le double pouvoir dans la révolution au Portugal, de Nicos Poulantzas à Raquel Varela”, Cahiers d’histoire. Revue d’histoire critique, N° 160, 2024, pp. 69-85.

[53] Varela, Raquel, ob. cit., p. 493.

[54] Trotsky, León, “Alemania, clave de la situación internacional”, en La lucha contra el fascismo en Alemania, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2013, p. 81.

[55] Trotsky, León, ¿Adónde va Francia? / Diario del exilio, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2013, p. 64.

[56] Sobre Aurora Dorada y el problema de la autodefensa en el caso griego, véase el prólogo a la primera edición del presente libro.

[57] Cfr. Maiello, Matías, De la movilización a la revolución. Debates sobre la perspectiva socialista en el siglo XXI, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2022.

[58] Trotsky, León, “El Programa de Transición”, El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2017, p. 56.

[59] Trotsky, León, “Lecciones de Octubre”, La Teoría de la Revolución Permanente, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2000, p. 208.

[60] Véase el capítulo 2 del presente libro.

[61] Internacional Comunista, “Resolución sobre la táctica de la Internacional Comunista”, Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, Tomo II, Buenos Aires, Pluma, 1973, p. 208.

[62] Antentas, Josep Maria, ob. cit., p. 131.

[63] Schmitt, Carl, Teoría del partisano. Acotación al concepto de lo político, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1966, p. 72.

[64] Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “En los límites de la ‘restauración burguesa’”, Estrategia Internacional N.° 27, febrero 2011.

[65] Smith, Rupert, The Utility of Force. The Art of War in the Modern World, Nueva York, Alfred Knopf, 2007.

[66] Cfr. Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, Debates y fundamentos sobre la lucha por el socialismo hoy, Buenos Aires, IPS, 2024.

[67] Antentas, Josep Maria, ob. cit., p. 175.

[68] Clausewitz, Carl von, De la guerra, Buenos Aires, Solar, 1983, p. 566.

[69] Gramsci, Antonio, Q13, §5, Cuadernos de la cárcel, Tomo 5, México, Ediciones Era, 1999, p. 20.

[70] Sotiris, Panagiotis, “Marxism, Strategy and the Art of War. A Review of Estrategia socialista y arte militar by Emilio Albamonte and Matías Maiello”, Historical Materialism, 17/7/2021, disponible en: https://www.historicalmaterialism.org/marxism-strategy-and-the-art-of-war/

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Matías Maiello

@MaielloMatias

Buenos Aires, 1979. Sociólogo y docente (UBA). Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Coautor con Emilio Albamonte de los libros Estrategia Socialista y Arte Militar (2017) y Debates y fundamentos sobre la lucha por el socialismo hoy (2024). Autor de De la movilización a la revolución (2022) y Carl Schmitt y León Trotsky. Un contrapunto sobre la crisis de la democracia, el fascismo y la revolución (2025). Coautor con Ariane Díaz y José Montes de ¿De qué hablamos cuando decimos socialismo? (2024).

 

Emilio Albamonte

Dirigente del PTS, coautor del libro Estrategia socialista y arte militar (2017)

Publicación de teoría, política y cultura

 

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