Armand Mattelart. Pensar desde la periferia

Recuperado de: Palabra Pública, Universidad de Chile

17 de noviembre del 2025

El itinerario vital de Armand Mattelart —perteneciente a una generación que hizo de la comunicación una herramienta de emancipación— desmiente la ilusión del intelectual neutral. El teórico europeo que se volvió latinoamericano por convicción denunció el imperialismo cultural y anticipó el capitalismo informacional que hoy domina las redes, los algoritmos y las plataformas. Su muerte —el pasado 31 de octubre— invita a recuperar la tradición crítica que ayudó a fundar: una comunicación entendida como conflicto y creación colectiva.

Por Carla Rivera Aravena

La reciente muerte de Armand Mattelart no solo marca el fin de una vida excepcional, sino que además clausura una época: la de una generación de intelectuales que hicieron de la comunicación una herramienta de emancipación y pensamiento crítico. En su figura confluyen las grandes tensiones del siglo XX —el catolicismo social europeo, el marxismo heterodoxo, la revolución chilena, el exilio y la globalización—, pero también algo más radical: la conversión epistémica y política de un intelectual que, viniendo del Norte, se volvió latinoamericano no por afecto, sino por pensamiento.

Llegó a Chile en 1962, enviado por la Fundación Rockefeller como especialista en demografía. Venía a estudiar el control de la natalidad; terminó ayudando a pensar el control del discurso. En medio de las reformas universitarias y de un país que ensayaba su propio camino al socialismo, el investigador europeo descubrió que los medios y la comunicación eran campos de batalla. En esa confrontación, su razón técnica se transformó en razón crítica, y su disciplina en una práctica política del conocimiento.

Acto 1. El laboratorio chileno

En el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN), fundado en 1968, Mattelart se integró a un espacio único donde se pensó la comunicación desde las luchas sociales. Junto a Michèle Mattelart y Mabel Piccini, desarmó las lógicas desarrollistas y funcionalistas importadas desde Estados Unidos. Los textos de su equipo —
La comunicación masiva en el proceso de liberación (1973), Comunicación masiva y revolución socialista (1971) Para leer al Pato Donald (1971)— fueron más que denuncias: fueron actos de subversión epistemológica.

En plena Unidad Popular, propuso entender los medios como estructuras de poder y trabajo, no como simples canales de información. Su noción de los modos de producción de la comunicación articuló economía, política y cultura: cada medio y cada relación entre emisores y receptores expresan una lucha por la hegemonía.

A diferencia del sociólogo y crítico de los medios estadounidense Herbert Schiller, con quien compartió la crítica al imperialismo cultural, Mattelart complejizó ese marco al rechazar la idea de una hegemonía totalizante. Para él, la internacionalización simbólica no implicaba la desaparición de las culturas nacionales, sino su reconfiguración en nuevas alianzas de clase, mediadas por formaciones sociales concretas. No fue el primero en pensar el imperialismo desde América Latina, pero sí uno de los más lúcidos en articularlo a una lectura materialista y relacional del poder cultural, donde lo nacional no era lo residual, sino el terreno estratégico de disputa. Su originalidad estuvo en vincular las dinámicas globales con las luchas locales, sin caer en esencialismos ni determinismos unidireccionales.

Acto 2. De la teoría al compromiso

Mattelart y su equipo no se limitaron a observar. Desde el CEREN y luego como asesores de la editorial Quimantú y de Televisión Nacional de Chile, ensayaron una comunicación revolucionaria: aquella que devuelve al pueblo la capacidad de narrarse a sí mismo. Frente al Partido Comunista, que defendía una pedagogía vertical, propusieron una práctica dialógica: los receptores no son masas pasivas, sino productores de sentido. En 1971 lo resumió en una frase: “La lucha también se libra en los modos de leer”.

Los talleres populares de lectura que impulsó quebraron la unidireccionalidad del mensaje y anticiparon lo que hoy llamamos comunicación participativa. Su pregunta de fondo sigue vigente: ¿cómo se construye una cultura emancipadora si la mediación simbólica sigue monopolizada por las élites?

El golpe de Estado de 1973 destruyó el CEREN, pero no su proyecto. Desde el exilio, Mattelart mantuvo una crítica lúcida a la economía política de la comunicación, siempre desde un horizonte latinoamericano. En los años ochenta amplió su mirada: del imperialismo cultural pasó a examinar el capitalismo informacional y las formas globales de vigilancia. La comunicación, advertía, se había convertido en una fuerza productiva estructural del sistema.

Anticipó con décadas de ventaja debates sobre el neoliberalismo mediático y la colonización de la subjetividad por las tecnologías. Su pensamiento hoy ilumina las redes, los algoritmos y las plataformas que modelan nuestra imaginación colectiva.

Acto 3. El intelectual latinoamericano

Lo que hace de Mattelart una figura fundacional no es solo su obra, sino su posición en el mundo. Su devenir latinoamericano fue una toma de partido. Abandonó la mirada del experto para pensar desde la periferia, asumiendo que todo conocimiento es político y situado. Su itinerario vital —de Lovaina a Santiago, de Santiago al exilio, del exilio al mundo— desmiente la ilusión del intelectual neutral: la teoría también es un campo de combate.

Esa ética de implicación es hoy su herencia más incómoda. Nos recuerda que la crítica sin compromiso se vuelve retórica, que las métricas, indexaciones y papers despolitizados pueden ser la nueva forma de colonización epistémica. Mientras la investigación se fragmenta en proyectos de corto alcance, su legado insiste en que la comunicación es una totalidad social, no un subcampo tecnocrático. Pensarla críticamente exige reatar las mediaciones entre economía, cultura y política que el neoliberalismo académico ha roto.
En tiempos en que la universidad parece más preocupada por la gestión del conocimiento que por su sentido, Mattelart nos interpela a devolverle a la teoría su dimensión transformadora: una práctica que confronta, que interviene, que se sabe parte de las luchas por el significado del mundo.

Acto 4. Una mirada para el presente

En Por una mirada-mundo (2014), Mattelart señaló que la globalización no había disuelto las jerarquías, solo las había vuelto más invisibles. Lo que antes se llamaba imperialismo cultural hoy opera en la gestión de datos, en la economía de la atención, en los algoritmos que gobiernan nuestras vidas. La comunicación ya no solo transmite información: organiza el mundo.

Si en los setenta develó las operaciones ideológicas de Disney, hoy habría que leer con él a Netflix, TikTok o Meta para entender cómo los conglomerados digitales administran la imaginación colectiva. Su pensamiento sigue siendo un mapa para orientarse en la confusión contemporánea.

Acto 5. El remezón necesario

Rendir homenaje a Mattelart no es nostalgia académica, sino memoria activa. Nos obliga a preguntarnos qué hemos hecho con la teoría crítica latinoamericana. ¿En qué momento la academia cambió la praxis por la gestión? ¿Dónde quedó el impulso transformador que hizo de la comunicación un terreno de lucha cultural?

Mattelart nos deja una advertencia que vale tanto para el aula como para el laboratorio de datos: la comunicación no es un objeto, sino una relación de fuerzas. Ignorar esa dimensión es renunciar a comprender el mundo que producimos cada día.

Su muerte nos convoca a descolonizar la investigación y recuperar la tradición que ayudó a fundar: una comunicación entendida como conflicto, creación colectiva y posibilidad emancipadora.

En tiempos de algoritmos y simulacros, recordarlo es un acto de resistencia intelectual. Su pensamiento, nacido del cruce entre el marxismo crítico y la experiencia popular chilena, sigue siendo un faro provocador y necesario: nos obliga a mirar el poder, nuestras propias prácticas y a no olvidar que pensar críticamente es siempre un acto de insumisión.

 

 

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